Llegar sólo es la mitad del viaje. La otra mitad del viaje implica no morir (ni congelado ni de hambre...).Cuando estábamos llegando a Tokyo, las dos escolares que me acompañaban en mi fila me despiertan. Por cierto, los 500 escolares nipones llevaban todos uniforme escolar.
Al aterrizar veo que las empresas que rodean el aeropuerto de Narita han pintado en sus tejados enormes carteles publicitarios. Qué listos son estos cabrones. Sin duda, es la forma más barata y sencilla de que millones de viajeros al año tengan que ver tu publicidad.
Todo parece ir bien, hasta que llega la hora de recoger las maletas. Tardan y tardan y yo mirando el reloj, ya que a las 5 tengo que estar en la KUFS de Kyoto. Y de repente, de la cinta transportadora sale una especie de maleta-anuncio de hierro de British Airways con muchos papeles pegados a ella. En la maleta pone en inglés algo así como "Baggage lost" y mi nombre está en uno de esos papelitos. Me habían perdido la maleta.
Me cago en todo lo defecable.
Voy al mostrador de British Airways, donde dos decenas de japoneses estaban discutiendo, y comienzo a rellenar una hoja de reclamación de equipaje. Al parecer, nos habían perdido las maletas a todos, seguramente durante el transbordo en Heathrow.
Finalmente, consigo hacerme entender con la azafata y me dice que la maleta llegará al día siguiente a Tokyo y al día siguiente de ese día llegaría a Kyoto. Así que estoy sin más ropa que la que llevo puesta, sin los libros de japonés y ya he perdido casi dos horas con las putas maletas. En menos de cuatro horas tengo que estar en un despacho en la otra punta de Japón y todavía no tengo ni los billetes de tren.
Así que a toda hostia voy corriendo hasta el mostrador de JR (Japan Railways), en la salida del areopuerto, y allí intento comprar un billete de tren hasta Kyoto. La chica me habla del
Shinkansen (tren bala) y de sus tarifas, pero me parece excesivamente caro, cuesta unos 15,000 yenes, y pregunto si no hay otro tren que no sea el Shinkansen que vaya hasta Kyoto. Me mira como si me hubiera caído de un guindo, como diciendo "pobre
gaijin ingenuo", y me informa de que puedo coger un tren normal, pero que en ese día no llegaré a Kyoto. Menos mal que la chica es muy maja y comienza a estudiar cuál es el tipo de billete más barato y pueda llegar a Kyoto antes de las 5.
Así que le hago caso en su recomendación, compro los billetes, y finalmente cojo un billete para el Narita Express (tren que va desde el aeropuerto de Narita hasta el intercambiador de Tokyo) y otro para el Shinkansen. El único problema viene en la estación de la propia Narita, donde un guardia viejo me informa mal de cuál es el Narita Express. Menos mal que no le hago caso y vuelvo a preguntar a más gente.
Al menos ahora me relajo un poco, ya que no puedo hacer nada con la hora, y comienzo a leer
Rainbow Six, de Tom Clancey. Una obra un poco increíble y flipada, pero entretenida.
Por cierto, en el Shinkansen asisto a una de las muchas ofensas que un occidental puede cometer sin querer en este país. A mi lado viaja un ejecutivo anglosajón, con el portátil, trajeado,... lo típico. Y recibe una llamada de móvil, la contesta en inglés, habla un poco y ya está.

El Shinkansen llega a la estación de Kyoto. Podeis ver la alargada forma aerodinámica del tren. Esta foto la tomé cuando volví de Kyoto en Julio 2005.

Vista de Japón desde el Shinkansen. Regreso de Kyoto, 7-2005.
Pero de repente una mujer mayor se levanta unos asientos delante nuestra, se acerca al ejecutivo y en un perfecto inglés le dice que si va a hablar por teléfono salga del vagón. Esto es muy extraño que ocurra, ya que normalmente los japoneses pocas veces censuran a un desconocido y mucho menos si es extranjero.
Pero en Japón es de muy mala educación hablar por teléfono dentro de los transportes públicos. Se dice que es porque al estar dentro de una caja de metal, las ondas rebotan y pueden ser nocivas para el resto de los pasajeros, pero yo ya he visto a alguna chica correr apurada en una tienda hacia la salida porque estaba recibiendo una llamada, así que, supongo, la leyenda trasciende hasta las normas sociales.
Al final consigo llegar a Kyoto a las 17.05 minutos. Cojo un taxi hacia la
KUFS. En Japón, los taxis abren solos la puerta, son siempre negros y por dentro van decorados como la cocina de una abuela, con cubiertas de ganchillo, y los taxistas llevan guantes. Pero éste tio tarda más de lo normal. ¿O me lo parece a mí?
Tras meterle prisa varias veces en japonés, consigo llegar a la KUFS. Son las 17.40, subo a toda velocidad las escaleras del edificio de Estudios Extranjeros y...
Puedo respirar aliviado ya que no tengo que ir a un hotel. Una estudiante "ayudante" me está esperando, con las llaves. Se llama Natsumi y estudia español, aunque nos comunicamos en inglés.
Me acompaña a mi piso y me lo enseña. El piso sólo tiene una habitación, con un pasillo en el que está la cocina, el baño y el lavabo, y una enorme terraza.
Estos pisos son pagados en parte por la universidad, por lo que salen muy baratos a los estudiantes de intercambio, unos 42,000 yenes al mes, con toda el agua y la luz incluída.
Natsumi me enseña cómo funcionan todas las cosas (o cómo dice el manual que funcionan) y bastante después de que anochezca terminamos de repasar todas las cosas. Como no tengo comida ni sartenes para cocinar, vamos a cenar
okonomiyaki (una especie de tortilla japonesa que te haces tú mismo) a un restaurante cerca de Shijo, una de las calles principales de Kyoto. El restaurante celebra su 30 aniversario, así que el
okonomiyaki nos sale por la mitad de precio de sus 500 yenes habituales. En Japón, la comida de los supermercados es bastante cara, especialmente la fruta, la verdura y la carne, ya que el país importa el 50% de toda la comida que consume. Pero comer fuera es muy barato, quizá por este mismo motivo, ya que si los precios de la hostelería fueran caros, con toda la comida que suele comprar un restaurante, éste correría el riesgo de perder una auténtica fortuna si se le pasa de fecha, así que prefieren ganar poco beneficio con cada cliente, pero hacerse con un grupo de clientes seguros.
Después me despido de Natsumi y vuelvo a mi nueva casa en Japón. Consigo hablar con mi familia y con Maite comprando una tarjeta de teléfono en el 7 eleven. Sin maleta, sin ropa, sin comida y solo, pero al menos ya he llegado aquí. Y esa noche, a 2 grados y con la casa helada, duermo mi primera noche japonesa con el anorak puesto.